Booktrailer

Aquí está el booktrailer que Mandu Audiovisuales ha preparado para Codin. Recordad que puede verse en 720 o 1080 p.

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mayo 6, 2013 · 19:58

El negocio de la empresa educativa

«Al día siguiente, muy temprano cuando se hubo marchado su madre, se fue a merodear por los alrededores del Liceo Bălcescu, fijándose en los estudiantes que entraban en clase. Adrian detuvo a uno de ellos, su mejor camarada de la escuela primaria, antiguo compañero de banco, y le dijo de buenas a primeras:

–¿Sabes de alguna biografía de Dostoievski?
– No –repuso el interpelado.
–¿Qué aprendes entonces en este liceo? –quiso saber el inocente de Adrian.
–¡Ah, querido! Si crees que aquí nos divertimos, te equivocas.
–¿Te parece que conocer las vidas de los grandes hombres es divertirse?
–¡Todo eso es guasa…! Aquí se aprende más que nada a abrirse un camino fácil en la vida. […]»

Codin. La Infancia de Adrian Zografi

Istrati se muestra revelador acerca del verdadero papel de la escuela. La escuela es un negocio en el cual obtenemos un beneficio a largo plazo. Después de las noticias de los últimos años parece un dejà vu ¿verdad? Que nadie se lleve a ningún engaño: la escuela y la educación siempre han estado a merced de las tendencias que marca la sociedad, es decir; las demandas del mercado y los intereses de los gobiernos.

Desde que empezó la crisis, y sobre todo con el cambio de gobierno, no han parado de sucederse manifestaciones y huelgas en pro de la educación y de la escuela. En ellas se han defendido el derecho a la misma y el mantenimiento en la calidad del sistema educativo.

Pero tampoco podemos culpar a la crisis. La educación ha decaído a unos niveles inaceptables y no se puede consentir, dicen los entendidos y los no entendidos; que muestran los resultados negativos de los informes internacionales y nacionales: abandono, suspensos,… Incluso antes de la aparición de esta crisis ya había voces donde se revelaba la mediocridad de nuestro sistema educativo, encarnados en el informe PISA.

La crisis es solo un nuevo golpe a un sector que lleva largo tiempo arrastrando muchas carencias: falta de reconocimiento al profesorado, formación mediocre, planes de estudio desfasados y metodología inadecuada. No debe extrañarnos pues que apareciera en El País, a mediados del mes pasado, el siguiente artículo: Maestros suspensos en primaria. En este artículo, se ponían en evidencia todas las carencias que hemos enumerado anteriormente. Para muchos pronto quedará en el olvido como una anécdota morbosa para un asunto de suma importancia. Pues en el mismo periódico no dejan de asaltar noticias sobre otros aspectos relacionados con la educación, por ejemplo: la subida del precio de las matrículas, el recorte de becas en el comedor, etc. Véase: El País. Profesorado.

Pero volvamos al primer artículo que citábamos y seamos autocríticos: ¿Ha alguien le sorprendieron esos resultados? Pocos pueden decir que no han escuchado (u opinado) que las nuevas generaciones no están tan bien preparadas como las anteriores. Las facultades de educación, siempre son las menos populares y valoradas incluso dentro de las universidades. Es de risa. Si ni siquiera los propios interesados se esfuerzan en que se le reconozca en su «propia casa», ¿pretenden de verdad que el resto de la sociedad les valore y reconozca?

Las cosas van para peor, y en un sector en que las cosas nunca han ido bien, resulta coma esperar que llueva en plena sequía: inútil y frustrante.

Gema – equipo de editores de Codin

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Puber doloroso: esbozo sobre la infancia y la miseria en algún arte

«Es de este modo cómo nuestros hijos, los suyos no, los nuestros, los hijos de los pobres, despreciados pero nobles, a los nueve años de edad, aprenden a conocer lo que es la verdad en la tierra».

 Fiódor Dostoievski, Los hermanos Karamázov

Desde el rey de los judíos, por todos nosotros, al rey del rock, por fagocitar el alma de su hermano gemelo, no han sido pocos los niños que la cultura ha hecho nacer para sufrir tormentos y miseria, o, al menos, para ser testigos de sus estropicios. Angelitos.

La utilización de una figura infantil es un recurso útil, y por tanto habitual en las artes, para adoptar una postura pretendidamente neutral ante una determinada realidad. Los ejemplos, innumerables (entre los más conocidos encontramos Oliver Twist, El lazarillo de Tormes o Las aventuras de Huckleberry Finn en lo que respecta a la literatura;  Cinema Paradiso o la excesivamente inocente La vida es bella en cine), buscan habitualmente que el niño sea instrumento, espejo reflectante que permita mostrar las esencias del hombre, sean estas cuales sean. Dentro de esta tradición se inscribe Codin, en la que el niño Adrian hace las veces de ojo que todo lo ve.

En otras obras, como en El señor de las moscas de Golding, se ha querido modificar el foco de este reflejo, de modo que sería el propio comportamiento infantil una metáfora comportamiento adulto. Cabría preguntarse en este caso si lo que está creando Golding es realmente una alegoría impactante de las sociedades humanas ya desarrolladas y responsables o si, por el contrario, nos está hablando de la ruindad que va unida a la madurez ya prefiguradas en los niños, pero aún no depuradas; aun así, sigue existiendo la posibilidad del niño como herramienta literaria, como medio y no como fin.

No es tan habitual que sea el niño el verdadero protagonista, que no sea reflejo de nada más que de sus propias penurias, o incluso de su propio mal. Encontramos ejemplos quizás en la obra del pintor de la Sezession vienesa Egon Schiele (1890-1918) (muy reconocido y reivindicado últimamente, por algunos de esos azares forzados del arte del que nosotros ahora participamos), que supo hacer de los niños que pintaba verdaderos representantes del dolor (incluso desde su nacimiento) gracias a su característico estilo de trazo trémulo, posturas y gestos tensos y fondos neutros que aíslan a sus figuras. La forma en que de Schiele retrató niños le llevó a ser acusado de pedófilo, cuando lo que realmente mostraba era que un menor posee, probablemente de un modo más puro, capacidad para padecer.

Dentro de la literatura podríamos destacar quizás el caso del Demian de Hermann Hesse (Alianza, 2012). Este caso es más particular pues, sin ser realmente una novela de formación, género al que la presencia de niños parece tender, sí que vemos un proceso de maduración en el niño, quizás ya adolescente, pero motivado por la conciencia y aceptación del propio sufrimiento, sufrimiento de niño, que permitirá un ensanchamiento del ser y de los propios límites intelectuales; conceptos, por otra parte, centrales en la obra de Hesse.

Finalmente, en el campo audiovisual probablemente sea la película franco-canadiense Léolo (Jean-Claude Lauzon, 1992) una de las que mejor y de modo más original ha abordado el sufrimiento infantil de un modo esencial, sin necesidad de ser pretexto para hablar de los horrores de la situación circundante.

«Y si el tormento de los niños ha de contribuir al conjunto de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad, afirmo con plena convicción que tal verdad no vale un precio tan alto». Pese a lo que afirmó Dostoievski en una cita de la misma obra que encabeza esta entrada, animamos desde aquí a todos los artistas a hacer sufrir a sus criaturitas y que nos enseñen un poco de su verdad.

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Obsequium amicos, veritas odium parit

«A pesar de que estas almas a las que el joven gustaba asomarse eran poco comunes y de muy difícil descubrimiento en medio de la multitud anónima, él supo buscarlas, supo descubrirlas, aunque muchas veces fuera la casualidad quien se las presentara».

Kyra Kyralina, 1924

A pocos sonará el nombre de Panait Istrati. Yo misma no había oído mencionarlo, ni siquiera leído su nombre, hasta el momento en que el texto de Codin llegó a mis manos.  Al terminar uno de sus cuentos o novelas, lo que más sorprenderá al lector es precisamente este olvido al que la memoria del rumano se ha visto abocada. Se preguntará también cómo puede haber estado condenada al ostracismo durante tantas décadas, no solo en el panorama hispanohablante, sino en el de su propia tierra natal y en el que lo vio nacer como escritor. Será entonces cuando le surjan dudas sobre la posible existencia de razones ajenas a la calidad de su prosa.

Panait Istrati por Eustaţiu Stoenescu (Craiova, 1884 – Nueva York, 1957)

A partir de 1933 Istrati desapareció prácticamente del panorama editorial español. Sin embargo, que a su vez desapareciera de los panoramas francés y rumano para no volver a ser reeditado hasta los años sesenta y noventa, respectivamente, es mucho más sospechoso.

La realidad es que Panait Istrati tuvo un gran éxito popular y mediático —aunque fugaz—entre los años 1925 y 1930, convirtiéndose en una figura de prestigio en los círculos literario y cultural galos. Inmediatamente traducido a veinte idiomas, sus libros eran reseñados en los principales diarios franceses de la época, participaba en congresos y se codeaba con la crème de la crème de la intelectualidad europea.

En 1927 sería invitado a los actos de conmemoración de la Revolución Rusa (aunque no tenía carné del Partido) por Christian Rakovski, diplomático considerado la mano derecha de Trotski.  El escritor aprovecharía su estancia en Moscú para emprender una serie de viajes por la U.R.S.S. que durarían dos años y le llevarían a lugares como Nizhni Nóvgorod, Ucrania, Azerbaiyán o Georgia, en los que, a pesar de haber afirmado en un principio que no haría críticas a problemas que seguramente existían por no querer contribuir a la contrarrevolución, fue desencantándose de la situación del país. La decepción le llevaría a hacer duras declaraciones en contra de las colectivizaciones, el arribismo de los funcionarios de la burocracia soviética y las purgas contra los viejos revolucionarios. Pero fue a partir de la publicación de Vers l’ autre flamme (traducido por la editorial Cenit como Rusia al desnudo) en 1929, el cual apareció con su firma —aunque coescrito junto a Victor Serge y Boris Souvarine—, cuando el Partido Comunista emprendió una ardua campaña de desprestigio del escritor, tanto desde Moscú como en París, donde el PCF lo denunciaría públicamente como traidor. Es entonces cuando se rompe todo lazo entre él y los intelectuales comunistas, que lo señalarían unos como trotskista y otros como fascista. Incluso su amigo y mentor, Romain Rolland, quien había alabado sus cartas al Directorio Político Unificado del Estado, terminaría por cortar su correspondencia con Istrati.

Por otro lado, en Rumanía no era especialmente apreciado desde hacía varias décadas debido a su participación en la manifestación a favor de la Revolución Rusa y en contra del arresto de Maxim Gorki en 1905; su apoyo a la revuelta de los campesinos rumanos de 1907 —cuyas matanzas describiría crudamente en Los cardos del Baragan—; su colaboración en revistas sindicalistas y de corte socialista como Dimineata o România muncitoare; su liderazgo en la organización de la huelga general de 1910 junto a Jeanette Maltus y su marcha de Rumanía en 1916 para no tener que luchar en la Gran Guerra. En sus posteriores novelas sobre los hajduks[1] relata el final de la ocupación turca, en la que los boyardos y el gobierno habían sido cómplices de los invasores, mientras se haría miembro del Comité por la Defensa de las Víctimas del Terror Blanco en los Balcanes. Todo esto, entre otras cosas, contribuyó a que el gobierno rumano —y la policía secreta, primero llamada Siguranța Statului y después Serviciul Secret de Informații— lo vigilase de cerca por considerarlo demasiado «cosmopolita» (o antinacionalista) y a que la Guardia de Hierro intentara asesinarlo en más de una ocasión. Qué decir de cuando llegó el comunismo al poder en Rumanía. Para entonces las difamaciones de los comunistas franceses y soviéticos habían calado hacía tiempo en el resto de Europa, siendo prohibida su obra en la República Popular Rumana mientras, a su vez, corría el mismo destino en la Francia ocupada por los nazis.

Las acusaciones que se vertieron contra el escritor, tachándolo tanto de trotskista como de fascista, fueron malintencionados intentos —con probado éxito—  de desprestigiar a un grandísimo librepensador. Lo digo con el conocimiento de quien no solo se ha parado a leer más que detenidamente Codin, sino también El Pescador de Esponjas, Mijail y Kyra Kyralina.
En 1927 Istrati había denunciado públicamente la ejecución de Sacco y Vanzetti. En 1929, las purgas masivas de Stalin. En 1930, la matanza, a manos de la oligarquía rumana, de los mineros de Lupeni. Es algo común que sobre aquel que expresa verdaderamente lo que siente y piensa sin adscribir sus ideas a las del grupo, sin vender su alma al Diablo, caigan las más viles calumnias y el más deprimente de los «destierros». Estás conmigo o estás contra mí. La vieja historia de siempre.

A partir de la denuncia de traición por parte del Partido Comunista Francés, ni siquiera le quedaron aquellos afines a lo que empezaba a conocerse como «trotskismo». Incluso Nikos Kazantzakis, quien había sido uno de sus grandes amigos, fue distanciándose de él, a pesar de que intercambiaron correspondencia hasta la muerte del rumano. Pocos hubo después de 1930 que reivindicaran su literatura y su pensamiento. Entre ellos, Lola Iturbe, que firmaba sus artículos como «Kyralina». Si acaso, una de las escasas amistades que conservó fue la de Victor Serge (a quien había sacado de la cárcel en 1928) que, desgraciadamente, no estaba para apoyos efectivos en aquel momento. Sobre la muerte de Istrati en un sanatorio de tuberculosos en 1935, Serge escribiría: «Murió pobre, abandonado y completamente desorientado en Rumanía. Si sobrevivo es en parte gracias a él».

A Panait Istrati no se le condenó únicamente por ser pobre, inmigrante en su propia tierra (su padre era griego), enfermo crónico y expatriado, sino también por ser franco y honesto. Es a aquellas mentes frívolas, infectas y serviles a quienes debemos la defenestración de uno de los grandes de la literatura universal.  Y a sus sucesoras, la posible futura defenestración de los que hoy estén forjándose como tales.

Cita
Serge, Victor, Memorias de un revolucionario, Madrid: Veintisiete letras, 2011 (primera edición en lengua original: Mémoires d’un révolutionnaire, 1901-1941, París: Editions du Seuil, 1951)

[1] Bandoleros combatientes de la guerrilla en contra de la ocupación otomana de los Balcanes.

                                                                                                                                                                   Lara – equipo de editores de Codin

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Mamaliga y vodka

«Seis o siete meses más tarde, recibí desde Rumanía una tarjeta postal en la que se veía a una rolliza dama de amplio escote: “Todavía vivo; como mamaliga, bebo vodka, trabajo en pozos petrolíferos, sucio, hediondo, cual rata de albañal. ¡No importa! En estos lugares se halla cuanto el corazón y el estómago puedan exigir. Un verdadero paraíso para un hombre de mi índole. Ya me entiendes, patrón: buena vida, gallina en el puchero, una pollita, además. ¡Dios sea loado! Te abraza cordialmente Alexis Zorbesco, rata de albañal”».

Alexis Zorba el griego, Nikos Kazantzakis , 1946

Panait Istrati junto a uno de sus mejores amigos, el escritor y filósofo griego Nikos Kazantzakis, Atenas, 1928

Panait Istrati junto a uno de sus mejores amigos, el escritor y filósofo griego Nikos Kazantzakis, Atenas, 1928

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Mirar desde la libertad

Cada día me pregunto, en medio de la abrumadora cotidianidad, si soy capaz de reconocerme, de identificarme como un individuo; me cuestiono si esa masa andante de la que hablaba  Walter Benjamin no me ha absorbido hasta hacerme invisible. Me pregunto también si cada vez que miro a los que pasan a mi lado, ellos me miran con igual curiosidad e igual miedo. Y es que solo la mirada nos delata en este mundo de máscaras y poses. A veces es la inocencia la que nos mira y nos recuerda todo lo que no somos, a veces es la literatura la que nos descoloca y nos hace preguntarnos: ¿por qué no miramos más allá? En mi intento de hacerlo, de mirar más allá, descubrí a Codin: una voz disidente que se alzó, aun desde el más sórdido de los suburbios, para apelar a mi equilibrio, a mi statu quo. Ciertamente, este personaje se ha convertido en una insignia de rebeldía, de reivindicación de la diferencia; y no hablo aquí de la típica lucha de los buenos contra los malos, ni de la clase alta contra la baja, hablo de respeto, de reconocimiento. Codin me hizo ver que ser un condenado comienza por negarse a sí mismo.
No deseo hacer loas desmedidas de esta novela de Istrati, al fin y al cabo, muchos se dedicarán a eso y, además, muchos son los buenos textos que se han escrito y se escribirán, mi intención es mostrar, a través de mi experiencia, cómo la literatura puede ser, en sí misma, un acto de transgresión. Así, gracias a Codin obtuve una visión del mundo de los “desterrados” por la sociedad, y a través de Adrian fui adentrándome en los matices variopintos de la cotidianidad de la Comorofca: desde la humildad de la más injusta pobreza hasta el concepto de violencia como acto reparador del equilibrio de los hombres. Desde la resignación, la frustración y la pérdida de la fe hasta la belleza casi imperceptible de la libertad, la verdadera, esa que se haya en la periferia, en el “afuera”.
Adrian, ese chico con gran capacidad de amar me mostró las fronteras inexploradas de su barrio, de su gente; me obligó a no apartar la mirada, a ver con horror que la discriminación es una ley de la que no hay escapatoria, que los otros son los otros hasta que nos cansamos de señalarlos y que los verdaderos inmigrantes no son esos que vienen buscando esperanza, sino nosotros, incapaces de romper las barreras y aceptar que todos somos parte del gran desajuste de la existencia. Somos nosotros los extranjeros, los siempre exiliados de nuestra propia conciencia, de la sociedad, de la vida. Somos nosotros los eternamente otros, los decadentemente ciegos, condenados al encierro de este disfraz de humanos en que nos hemos convertido. Leer Codin fue un acto de autoperdón, compartirlo con todos ustedes será un intento de abrir la puerta hacia la libertad.

Johanna – equipo de editores de Codin

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