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Mirar desde la libertad

Cada día me pregunto, en medio de la abrumadora cotidianidad, si soy capaz de reconocerme, de identificarme como un individuo; me cuestiono si esa masa andante de la que hablaba  Walter Benjamin no me ha absorbido hasta hacerme invisible. Me pregunto también si cada vez que miro a los que pasan a mi lado, ellos me miran con igual curiosidad e igual miedo. Y es que solo la mirada nos delata en este mundo de máscaras y poses. A veces es la inocencia la que nos mira y nos recuerda todo lo que no somos, a veces es la literatura la que nos descoloca y nos hace preguntarnos: ¿por qué no miramos más allá? En mi intento de hacerlo, de mirar más allá, descubrí a Codin: una voz disidente que se alzó, aun desde el más sórdido de los suburbios, para apelar a mi equilibrio, a mi statu quo. Ciertamente, este personaje se ha convertido en una insignia de rebeldía, de reivindicación de la diferencia; y no hablo aquí de la típica lucha de los buenos contra los malos, ni de la clase alta contra la baja, hablo de respeto, de reconocimiento. Codin me hizo ver que ser un condenado comienza por negarse a sí mismo.
No deseo hacer loas desmedidas de esta novela de Istrati, al fin y al cabo, muchos se dedicarán a eso y, además, muchos son los buenos textos que se han escrito y se escribirán, mi intención es mostrar, a través de mi experiencia, cómo la literatura puede ser, en sí misma, un acto de transgresión. Así, gracias a Codin obtuve una visión del mundo de los “desterrados” por la sociedad, y a través de Adrian fui adentrándome en los matices variopintos de la cotidianidad de la Comorofca: desde la humildad de la más injusta pobreza hasta el concepto de violencia como acto reparador del equilibrio de los hombres. Desde la resignación, la frustración y la pérdida de la fe hasta la belleza casi imperceptible de la libertad, la verdadera, esa que se haya en la periferia, en el “afuera”.
Adrian, ese chico con gran capacidad de amar me mostró las fronteras inexploradas de su barrio, de su gente; me obligó a no apartar la mirada, a ver con horror que la discriminación es una ley de la que no hay escapatoria, que los otros son los otros hasta que nos cansamos de señalarlos y que los verdaderos inmigrantes no son esos que vienen buscando esperanza, sino nosotros, incapaces de romper las barreras y aceptar que todos somos parte del gran desajuste de la existencia. Somos nosotros los extranjeros, los siempre exiliados de nuestra propia conciencia, de la sociedad, de la vida. Somos nosotros los eternamente otros, los decadentemente ciegos, condenados al encierro de este disfraz de humanos en que nos hemos convertido. Leer Codin fue un acto de autoperdón, compartirlo con todos ustedes será un intento de abrir la puerta hacia la libertad.

Johanna – equipo de editores de Codin

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