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El negocio de la empresa educativa

«Al día siguiente, muy temprano cuando se hubo marchado su madre, se fue a merodear por los alrededores del Liceo Bălcescu, fijándose en los estudiantes que entraban en clase. Adrian detuvo a uno de ellos, su mejor camarada de la escuela primaria, antiguo compañero de banco, y le dijo de buenas a primeras:

–¿Sabes de alguna biografía de Dostoievski?
– No –repuso el interpelado.
–¿Qué aprendes entonces en este liceo? –quiso saber el inocente de Adrian.
–¡Ah, querido! Si crees que aquí nos divertimos, te equivocas.
–¿Te parece que conocer las vidas de los grandes hombres es divertirse?
–¡Todo eso es guasa…! Aquí se aprende más que nada a abrirse un camino fácil en la vida. […]»

Codin. La Infancia de Adrian Zografi

Istrati se muestra revelador acerca del verdadero papel de la escuela. La escuela es un negocio en el cual obtenemos un beneficio a largo plazo. Después de las noticias de los últimos años parece un dejà vu ¿verdad? Que nadie se lleve a ningún engaño: la escuela y la educación siempre han estado a merced de las tendencias que marca la sociedad, es decir; las demandas del mercado y los intereses de los gobiernos.

Desde que empezó la crisis, y sobre todo con el cambio de gobierno, no han parado de sucederse manifestaciones y huelgas en pro de la educación y de la escuela. En ellas se han defendido el derecho a la misma y el mantenimiento en la calidad del sistema educativo.

Pero tampoco podemos culpar a la crisis. La educación ha decaído a unos niveles inaceptables y no se puede consentir, dicen los entendidos y los no entendidos; que muestran los resultados negativos de los informes internacionales y nacionales: abandono, suspensos,… Incluso antes de la aparición de esta crisis ya había voces donde se revelaba la mediocridad de nuestro sistema educativo, encarnados en el informe PISA.

La crisis es solo un nuevo golpe a un sector que lleva largo tiempo arrastrando muchas carencias: falta de reconocimiento al profesorado, formación mediocre, planes de estudio desfasados y metodología inadecuada. No debe extrañarnos pues que apareciera en El País, a mediados del mes pasado, el siguiente artículo: Maestros suspensos en primaria. En este artículo, se ponían en evidencia todas las carencias que hemos enumerado anteriormente. Para muchos pronto quedará en el olvido como una anécdota morbosa para un asunto de suma importancia. Pues en el mismo periódico no dejan de asaltar noticias sobre otros aspectos relacionados con la educación, por ejemplo: la subida del precio de las matrículas, el recorte de becas en el comedor, etc. Véase: El País. Profesorado.

Pero volvamos al primer artículo que citábamos y seamos autocríticos: ¿Ha alguien le sorprendieron esos resultados? Pocos pueden decir que no han escuchado (u opinado) que las nuevas generaciones no están tan bien preparadas como las anteriores. Las facultades de educación, siempre son las menos populares y valoradas incluso dentro de las universidades. Es de risa. Si ni siquiera los propios interesados se esfuerzan en que se le reconozca en su «propia casa», ¿pretenden de verdad que el resto de la sociedad les valore y reconozca?

Las cosas van para peor, y en un sector en que las cosas nunca han ido bien, resulta coma esperar que llueva en plena sequía: inútil y frustrante.

Gema – equipo de editores de Codin

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Puber doloroso: esbozo sobre la infancia y la miseria en algún arte

«Es de este modo cómo nuestros hijos, los suyos no, los nuestros, los hijos de los pobres, despreciados pero nobles, a los nueve años de edad, aprenden a conocer lo que es la verdad en la tierra».

 Fiódor Dostoievski, Los hermanos Karamázov

Desde el rey de los judíos, por todos nosotros, al rey del rock, por fagocitar el alma de su hermano gemelo, no han sido pocos los niños que la cultura ha hecho nacer para sufrir tormentos y miseria, o, al menos, para ser testigos de sus estropicios. Angelitos.

La utilización de una figura infantil es un recurso útil, y por tanto habitual en las artes, para adoptar una postura pretendidamente neutral ante una determinada realidad. Los ejemplos, innumerables (entre los más conocidos encontramos Oliver Twist, El lazarillo de Tormes o Las aventuras de Huckleberry Finn en lo que respecta a la literatura;  Cinema Paradiso o la excesivamente inocente La vida es bella en cine), buscan habitualmente que el niño sea instrumento, espejo reflectante que permita mostrar las esencias del hombre, sean estas cuales sean. Dentro de esta tradición se inscribe Codin, en la que el niño Adrian hace las veces de ojo que todo lo ve.

En otras obras, como en El señor de las moscas de Golding, se ha querido modificar el foco de este reflejo, de modo que sería el propio comportamiento infantil una metáfora comportamiento adulto. Cabría preguntarse en este caso si lo que está creando Golding es realmente una alegoría impactante de las sociedades humanas ya desarrolladas y responsables o si, por el contrario, nos está hablando de la ruindad que va unida a la madurez ya prefiguradas en los niños, pero aún no depuradas; aun así, sigue existiendo la posibilidad del niño como herramienta literaria, como medio y no como fin.

No es tan habitual que sea el niño el verdadero protagonista, que no sea reflejo de nada más que de sus propias penurias, o incluso de su propio mal. Encontramos ejemplos quizás en la obra del pintor de la Sezession vienesa Egon Schiele (1890-1918) (muy reconocido y reivindicado últimamente, por algunos de esos azares forzados del arte del que nosotros ahora participamos), que supo hacer de los niños que pintaba verdaderos representantes del dolor (incluso desde su nacimiento) gracias a su característico estilo de trazo trémulo, posturas y gestos tensos y fondos neutros que aíslan a sus figuras. La forma en que de Schiele retrató niños le llevó a ser acusado de pedófilo, cuando lo que realmente mostraba era que un menor posee, probablemente de un modo más puro, capacidad para padecer.

Dentro de la literatura podríamos destacar quizás el caso del Demian de Hermann Hesse (Alianza, 2012). Este caso es más particular pues, sin ser realmente una novela de formación, género al que la presencia de niños parece tender, sí que vemos un proceso de maduración en el niño, quizás ya adolescente, pero motivado por la conciencia y aceptación del propio sufrimiento, sufrimiento de niño, que permitirá un ensanchamiento del ser y de los propios límites intelectuales; conceptos, por otra parte, centrales en la obra de Hesse.

Finalmente, en el campo audiovisual probablemente sea la película franco-canadiense Léolo (Jean-Claude Lauzon, 1992) una de las que mejor y de modo más original ha abordado el sufrimiento infantil de un modo esencial, sin necesidad de ser pretexto para hablar de los horrores de la situación circundante.

«Y si el tormento de los niños ha de contribuir al conjunto de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad, afirmo con plena convicción que tal verdad no vale un precio tan alto». Pese a lo que afirmó Dostoievski en una cita de la misma obra que encabeza esta entrada, animamos desde aquí a todos los artistas a hacer sufrir a sus criaturitas y que nos enseñen un poco de su verdad.

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