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Puber doloroso: esbozo sobre la infancia y la miseria en algún arte

«Es de este modo cómo nuestros hijos, los suyos no, los nuestros, los hijos de los pobres, despreciados pero nobles, a los nueve años de edad, aprenden a conocer lo que es la verdad en la tierra».

 Fiódor Dostoievski, Los hermanos Karamázov

Desde el rey de los judíos, por todos nosotros, al rey del rock, por fagocitar el alma de su hermano gemelo, no han sido pocos los niños que la cultura ha hecho nacer para sufrir tormentos y miseria, o, al menos, para ser testigos de sus estropicios. Angelitos.

La utilización de una figura infantil es un recurso útil, y por tanto habitual en las artes, para adoptar una postura pretendidamente neutral ante una determinada realidad. Los ejemplos, innumerables (entre los más conocidos encontramos Oliver Twist, El lazarillo de Tormes o Las aventuras de Huckleberry Finn en lo que respecta a la literatura;  Cinema Paradiso o la excesivamente inocente La vida es bella en cine), buscan habitualmente que el niño sea instrumento, espejo reflectante que permita mostrar las esencias del hombre, sean estas cuales sean. Dentro de esta tradición se inscribe Codin, en la que el niño Adrian hace las veces de ojo que todo lo ve.

En otras obras, como en El señor de las moscas de Golding, se ha querido modificar el foco de este reflejo, de modo que sería el propio comportamiento infantil una metáfora comportamiento adulto. Cabría preguntarse en este caso si lo que está creando Golding es realmente una alegoría impactante de las sociedades humanas ya desarrolladas y responsables o si, por el contrario, nos está hablando de la ruindad que va unida a la madurez ya prefiguradas en los niños, pero aún no depuradas; aun así, sigue existiendo la posibilidad del niño como herramienta literaria, como medio y no como fin.

No es tan habitual que sea el niño el verdadero protagonista, que no sea reflejo de nada más que de sus propias penurias, o incluso de su propio mal. Encontramos ejemplos quizás en la obra del pintor de la Sezession vienesa Egon Schiele (1890-1918) (muy reconocido y reivindicado últimamente, por algunos de esos azares forzados del arte del que nosotros ahora participamos), que supo hacer de los niños que pintaba verdaderos representantes del dolor (incluso desde su nacimiento) gracias a su característico estilo de trazo trémulo, posturas y gestos tensos y fondos neutros que aíslan a sus figuras. La forma en que de Schiele retrató niños le llevó a ser acusado de pedófilo, cuando lo que realmente mostraba era que un menor posee, probablemente de un modo más puro, capacidad para padecer.

Dentro de la literatura podríamos destacar quizás el caso del Demian de Hermann Hesse (Alianza, 2012). Este caso es más particular pues, sin ser realmente una novela de formación, género al que la presencia de niños parece tender, sí que vemos un proceso de maduración en el niño, quizás ya adolescente, pero motivado por la conciencia y aceptación del propio sufrimiento, sufrimiento de niño, que permitirá un ensanchamiento del ser y de los propios límites intelectuales; conceptos, por otra parte, centrales en la obra de Hesse.

Finalmente, en el campo audiovisual probablemente sea la película franco-canadiense Léolo (Jean-Claude Lauzon, 1992) una de las que mejor y de modo más original ha abordado el sufrimiento infantil de un modo esencial, sin necesidad de ser pretexto para hablar de los horrores de la situación circundante.

«Y si el tormento de los niños ha de contribuir al conjunto de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad, afirmo con plena convicción que tal verdad no vale un precio tan alto». Pese a lo que afirmó Dostoievski en una cita de la misma obra que encabeza esta entrada, animamos desde aquí a todos los artistas a hacer sufrir a sus criaturitas y que nos enseñen un poco de su verdad.

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